29 de abril de 2014

ELLA ES LLUVIA - Relato largo

ELLA ES LLUVIA

“ If people were rain, I was drizzle and she was hurricane”
  • -John Green-


Ella caminaba despacio. Como un alma en pena que recorre las sombras y los rincones más oscuros silenciosamente. Un cuerpo etéreo desde hace meses. Sin vida. Cuando la enfermedad entró caminando por la puerta de la habitación casi no la sintió. Pero vino para quedarse. Quedarse alimentándose de sus miedos. Esperando para atacar.

Vivía en un barrio residencial como esos tan bonitos que salen en las películas. Con un lago al otro lado del bosque. Recordaba cuando tenía trece años y no imaginaba acabar así tres años después. Un día se enfadó, con el mundo, simplemente. Y corrió al lago. Fue arañándose los brazos al chocar contra las ramas. Cuando llegó se descalzó y metió los pies en el agua. Veía las blancas cutículas de sus uñas entre la niebla. E imaginó que iban desapareciendo poco a poco, como la nieve al derretirse en primavera.

Ahora sí que quería desaparecer. Dormir para siempre y que nadie la despertara por la mañana.

Al principio no sintió nada. Luego sí. Estaba siempre cansada, hiciera lo que hiciera. Y cada vez tosía más. Su madre pensó que igual fumaba. Pero no. Isa no era así. Era la típica chica de dieciséis años a la que la vida le iba bien. Sacaba buenas notas, salía los fines de semana... Hasta que pasó. La clase de cosas que piensas que sólo le pasan a los demás. Pero tu también eres parte del mundo para otra gente. Hasta que te llevan al médico y te clavan mil agujas o te enchufan cables en el cerebro. Hasta que tienes que respirar con una máquina, porque si no, mueres. Hasta que tienes cáncer.

Mira por la ventana mojada de lluvia del hospital. Ella es lluvia. Ella es muerte. Ella morirá, y nadie la recordará. Se reencarnará en sus lagrimas. Está sentada en la cama y nota su mano en la nuca. ¿Como la puede seguir queriendo? Está esquelética y sus ojos sólo son una burla de lo que antes eran. La besa despacio. No quiere que se termine. Siempre piensa que será el último. Sus labios saben a tierra mojada. Saben a vida.

                -¿Qué piensas Isa?
                -Que quieres que piense. Que mi vida se está terminando. Que ya no veré tus ojos ni los de nadie nunca más, que dormiré para siempre. Ya nada tiene sentido. ¿¡Por qué no me muero!? Joder. Parece que el universo quiere verme sufrir. El mundo no escucha a nadie. Y no me contestes porque no hay nada que decir. Todo ha terminado.
               -Tú y yo no Isa. Me iré contigo. Volaré contigo. Aunque no me veas. Te llevaré de la mano para que no te pierdas por el camino y un día estaremos juntos de nuevo.
                 -No digas nada. No digas nada – dijo. Y rompió a llorar.

Se acurrucó en el hueco de su hombro. Y lloró rogando que alguien la escuchará. Que todo volviera a ser como antes. Morir cuando fuera anciana. Cuando le correspondía, y no en aquella anodina habitación de hospital conectada a mil maquinas. Viendo como el gotero contaba sus minutos de vida.

Cada día esta peor. Avanzando por aquel sendero lleno de cruces de difuntos a los lados. Perdiendo la respiración, camina torpemente.

Isa no quería ser la chica con cáncer. A la que se le ha caído el pelo, a la que todo el mundo olvidará tras un minuto de silencio en el patio del instituto, la de la silla vacía. La muerta. Ella quería vivir. Quería terminar el instituto, ir a la universidad y viajar a Londres con su novio. Quería vivir en una casita cerca del mar. Quería que todo fuera como debería ser. Quería no morir. Pero morirá, como todos los muertos de la tierra.

Probablemente nadie se da cuenta de lo mal que se pasa cuando vas de compras con tus amigas y te tienen que ayudar a probarte las cosas. Cuando la gente te mira con lástima pensando: ¡Oh, pobrecita!. Cuando la típica estúpida se ríe de ti porque no eres como ella. Y todo por una maldita enfermedad que se lleva todo lo que te pertenecía con un giro de muñeca. Escribiendo ya en tu lápida del cementerio:

Querida hija y hermana.
Isabel Drizzle
1997-2014

Él es el único que la entiende. A su manera, sí. Pero por lo menos no llora cada vez que la ve. La trata como si no hubiera pasado nada. Como si tuviera una gripe muy mala. Como si fuera a vivir para siempre. Se acuerda de cuando le vio por primera vez en el instituto. Estaba con todos sus amigos y se quedo mirándola. Se acercó y le dijo que sus ojos eran preciosos que parecían llovizna suave. Y ahí fue cuando se enamoró. Supo que quería pasar si vida con él. Supo que él la quería a ella. Sabía que mil cosas podían torcerse, que el amor adolescente no dura para siempre, pero lo intentó. Y lo consiguió. Él le dejaría rosas blancas. Y arena de la playa. Y se iría al lago y esperaría a que lloviera y se la traería en un botecito.

Si pudiera elegir como morir, querría que fuera en una playa de arena blanca y aguas cristalinas. Y cuando finalmente ocurriera, dejar su cuerpo entre los líquenes y que su alma fuera nadando hasta el atardecer. Sin sentir nada. Sin sufrir más.

Pero nadie elige como morir. A no ser que seas como la lluvia o la nieve. Que se derriten despacio, retando al sol a sobrevivir. Y se van dejando un bonito arcoiris. También dejan los charcos estancados en la acera, para que recuerdes que una vez, no hace mucho, el cielo lloró.

Se conocieron un día de invierno. Eran dos adolescentes con toda la vida por delante. Él caminaba por el instituto. Escuchaba Asleep de The Smiths. Pensaba en ella. La había visto tantas veces desde que comenzaron la secundaria... Pero seguía pareciéndole preciosa. Ella también pensaba en él. Pasó mucho tiempo hasta que consiguieron vencer sus miedos. Pasó mucho tiempo antes de que él supiera que llevaría flores al cementerio. Pasó mucho tiempo para que él se diera cuenta de que no podía vivir sin sus besos, sin sus ojos, sin sus palabras. Sin ella.
Miraba como las nubes manchaban el cielo. Llegó un momento en el que tuvo que aceptar que ella iba a morir. Se había negado a creelo durante casi ese año en el que Isabel se iba desvaneciendo. Que conseguirían salir de esa maldita enfermedad. Ahora era mucho peor aceptarlo. Sentir que se llevaba un trocito de su alma. Y en efecto, le había robado el corazón. Como nunca piensas que te va a ocurrir. Que no te vas a enamorar locamente de alguien. Isabel. Isabel vivirá para siempre. Vivirá en cada beso robado y en cada sonrisa. En cada trocito de Tierra que haya pisado. Bajo cada gota de lluvia que haya visto caer.

El final ya está llegando. Lo siente y lo sabe. Hace pocos días que el médico dijo que había mejorado y que podía volver a casa. En otras palabras, que podía volver a casa para morir en su cama. Que ya no se podía hacer más por su vida. Isabel también aceptó su propia muerte antes de que ocurriera. Recogió sus cosas y cuando el médico le dijo adiós ella le contestó con un simple gracias. Ha tenido una vida feliz.

La nieve cae despacio. Como si no quisiera llegar a la sucia calzada. A cámara lenta. Le cae sobre las pestañas y se deshace en pequeñas moléculas de agua. No sabe si llora o es la nieve. No sabe si existe o es tan solo una ilusión. Un sueño efímero. Se quita el gorro y la bufanda y tiene frío. Exhala una bocanada de aire y ya no hay nada más. Se echa frente a una casa con luces de navidad. Al menos que lo último que vea sea algo bonito. Luces centellantes. Es gracioso verla sonreír mientras se acurruca en la nieve como si fuera una manta. Cierra los ojos a las luces del alba. Viéndolas por última vez. Parpadeando por última vez. Respirando por última vez.

Ella no volverá a casa.












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